LA CHICA QUE SE COLO POR MI VENTANA
El Sr. Marcial nos había invitado a cenar aquella noche. En aquél restaurante fantástico de Playa de Palma, al aire libre, con aquellas luces especiales de colorines, parecíamos todos los invitados un grupo de extraterrestres. Hacía unos veintiocho grados. Soplaba una ligera brisa. Un olor a mar flotaba entre nosotros. Las copas que nos habían servido de aperitivo nos ayudaron a romper el hielo y poco a poco, la conversación comenzó a fluir. Aún así, incluso con la ayuda del alcohol, era difícil conversar.
Éramos un grupo de once personas. Siete de ellas británicas, bueno, inglesas como se las llama aquí, y el resto españoles. El grupo de españoles lo formábamos los tres directores de los hoteles que dirigíamos los tres hoteles del empresario Sr. Marcial, y él, como jefe supremo. El grupo de ingleses estaba integrado por seis chicas, dos guías residentes en los tres hoteles, y por Peter, que era el jefe de todas las guías. La conversación, pues, como todos imagináis era en inglés (pobrecito idioma español). Ninguno de los siete integrantes del grupo inglés hablaba una sola palabra de español. Solo Peter de vez en cuando decía "joder, coño", había como veis, aprendido las palabras más usadas de la lengua de Cervantes.
Hacía solo diez días que habíamos empezado la temporada turística, razón por la cual el Sr. Marcial nos había reunido para confraternizar y hermanar, según sus palabras, con las guías y a su vez, estas con nosotros, ya que ellas serían nuestras mejores colaboradoras en la ardua tarea de "soportar" a los ingleses. Nos había colocado en la mesa intercalando a un director entre las dos guías de su hotel, y él, se había sentado al lado de Peter justo en la cabecera de la gran mesa rectangular. Yo estaba, pues, sentado entre Janice, que era rubia con ojos azules y con algunas ligeras pecas en la cara, y a la derecha tenía a Katy, morena con el pelo enmarañado y muy largo, ojos negros y cara de picarilla. Katy era la más lanzada de las dos y fue la que inició la conversación entre todo el grupo. Janice, permaneció callada durante toda la cena. Hablamos de los españoles, de los ingleses, de cómo se comportaban estos en España. Tiempo después, cuando las botellas de buen vino que nos habían colocado en la mesa comenzaron a estar medio vacías, hablamos de muchas más cosas.
Terminamos de cenar. Ya contentos todos, decidió el Sr. Marcial invitarnos a una copa en la discoteca más cercana.
Bebimos, bailamos, gritamos ( para poder hablar). El ruido de la música y el alcohol nos acercaba cada vez más. Se había conseguido lo que el jefe pretendía: habíamos congeniado, habíamos hermanado con las inglesas.
Eran ya las tres de la mañana, cuando yo, decidí dejar de hermanarme e ir a sentirme de nuevo solo y a dormirme en mi cama solitaria. Cuando ya me iba, Katy me pidió si la podía llevar en mi coche, ya que ella era guía residente en mi hotel, y yo vivía también allí. La rubia Janice, hizo un gesto con cabeza como dando a entender que ella quería seguir hermanándose bebiendo de lo lindo por el "morro".
Dije adiós. Dijo adiós. Nos fuimos los dos.
El coche rodaba lentamente por el paseo marítimo. Llegamos a la puerta del hotel, donde ambos vivíamos, donde ambos trabajábamos. Hablábamos de cosas sin importancia. Aparqué el coche en una calle al lado del hotel. Paré el motor. Hablamos dos o tres frases, con el coche parado.
Ella me abrazó de repente. Me apretó contra su pecho con urgencia. Me besó con ansia. Yo, sorprendido respondí con mis labios y la abracé igualmente. Pasamos algún tiempo así apretados probando el sabor de los labios ajenos, y la verdad es que me gustó como sabía. Era un poco el gusto a gin tónic (mi bebida preferida) con ciertos toques de fruta (quizá por el recuerdo del vino), y decidí seguir saboreando por un rato aquél dulce manjar que me habían ofrecido gratuitamente. Enseguida pensé, que al Sr. Marcial le gustaría enormemente saber como había hermanado con una de mis guías y también pensé, que debería hermanar del mismo modo con la otra, que dicho sea de paso, Janice, me gustaba aún más que Katy "la besucona".
Pero, ¡Qué se le va a hacer! Había que aprovechar que todo, aquella noche era gratis, y que el propósito de nuestro empresario se había cumplido (en parte, ya que me faltaba la otra), y la verdad es que el beso duraba que no veáis...y...para un tipo de treinta años y solo, aquello, no pintaba mal que digamos...¡Uf!.¡Qué calor! -pensé yo.
Luego teníamos que entrar en el hotel. Decidimos hacerlo por separado, ya que yo, como director que era, no podía entrar con Katy, la guía, y Katy la guía, podía entrar acompañada de quien quisiera, pero del Dire...no.
Lo hizo, por tanto, primero ella, y a los cuatro o cinco minutos, yo.
El conserje de noche me saludó.
- ¡Buenas noches, jefe!- me dijo- acaba de entrar una de las guías, que por la cara que traía, creo que venía de marcha.
- Vale, Chisco, -le dije- no es necesario que las controle, ellas son libres de hacer lo que quieran, aquí, son como si fueran clientes. Por cierto, como ya es muy tarde, no me despierte mañana a las ocho cuando se vaya como de costumbre, ¿Vale?, ¡Buenas noches!
- Ok, jefe, buenas noches, que descanse usted.
No se había dado cuenta, pensé. Tomé el ascensor y subí a la sexta planta. La sexta planta era la planta en la que yo dormía. Digo dormía, cuando lo lógico sería decir, vivía, pero vivir lo que se dice vivir, yo vivía en el hotel, en los pasillos, en el restaurante, en el bar...y allí dormía solo.
Luego bajé por la escalera hasta la segunda planta, habitación al final del pasillo, la doscientos veintidós. La puerta estaba ligeramente abierta, pero no se veía luz dentro. La empujé despacio. Una suave música de Sade sonaba dulcemente, aunque apenas se oía. Yo conocía muy bien esa música. La voz melosa de Sade envolvió mi excitado espíritu. La música siempre ha tenido un poder mágico en mí. Entré. Me quedé parado a oscuras. Me encantaba la música, pero la verdad es que esperaba encontrarme otra cosa mejor aún que aquella bella música. Una especie de cosquilleo me recomía por dentro. No veía nada. Luego, una diminuta luz rosácea se encendió por el lado derecho. Katy, apareció iluminada por esa luz. Estaba tumbada en la única cama que había en la habitación. Su cuerpo brillaba bajo una lamparita de mínimas dimensiones que emitía la luz rosa. Estaba completamente desnuda. Dos magníficos senos resaltaban con sus brillos. Me llamó por mi nombre, como hacen en las películas, muy dulcemente, muy tiernamente. Me abalancé sobre ella.
Media hora después intentaba salir de la habitación, mientras ella tiraba de mí instándome a quedarme a su lado para pasar la noche entera. Me decía que lo único que deseaba era tenerme en sus brazos ( eso, en inglés, que quede claro, suena bien).
Conseguí salir de su habitación una hora después...después de repetir la hazaña de hacía un rato, dejando a Katy medio atontada ( como veis, quedé bien eso del "spanish lover"...) y medio adormecida ...(¡Ele la "grasia" española!)...
Al día siguiente, la vi pasar por delante de mi despacho, que siempre estaba con la puerta abierta, en compañía de Janice. Cuando ya habían cruzado la puerta, Katy, se volvió y se asomó a mi despacho mientras me hacía un gesto...de...bueno, imaginar el gesto...casi como decir, repetir otra vez aquello, bueno, pues eso, eso, queda claro ¿No?.
Pasaron los días.
Yo comencé a intentar hermanar con Janice. Janice no me hacía mucho caso. Era escocesa. Las escocesas no hablan muy bien inglés, inglés.
Yo no sé si por ser escocesa, o porque Katy le había dicho que ella por mí, lo que fuera, pero la verdad es que no me hacía mucho caso, y aquel culito respingón que tenía la rubia Janice, me hacía remover las tripas cada vez que la veía, pero...imposible de hermanar con ella oye.
Hacía a diario Aqua Gin con los clientes en la piscina, y no sė muy bien porqué, yo tenía que pasar todos los días a esa hora por allí para ponerme nervioso al ver como vibraban los senos de Janice en su biquini súper mini, y como se le marcaban los botoncitos de la parte de arriba, y por la parte de abajo, aquél triángulo misterioso que me imaginaba...¡Hay señor! Solo imaginaba...
Un día, no muy lejano, estaba yo en el bar de la piscina, babeando, cuando se presentó Katy. Me soltó un sutil rodillazo hacia la parte en aquellos momentos más abultada de mi anatomía y gracias a mis magníficos reflejos no me tocó ni me rozó siquiera ese lugar que todos los hombres tenemos como sagrado. El camarero, lo vio, e hizo como si no lo hubiera visto. Se volvió hacia el botellero y colocó una botella en su sitio. Katy casi me gritó:
- ¡Necesito verte con urgencia! ¡No puedo seguir así! ¡Me estoy volviendo loca de celos! ¡Solo haces que mirarla y mirarla! ¡Yo solo te veo a ti mientras la miras a ella! ¡Todos los días necesito tenerte, pero tú nunca has vuelto a mi habitación!
- ¡Katy, por favor!- le dije a ella- que este que está aquí-haciéndola un gesto con la cabeza para que se fijara en el camarero- te va a entender, al menos algo... Por favor... ¡Cállate! .
- No puedo - me dijo, y comenzó a llorar a lágrima viva.
¡Qué numerito! -pensé- ¿Y cómo salgo de esta?
Ella agachaba la cabeza mientras lloraba. La cogí del hombro en tono paternal. Tomé una servilleta de papel y se la di para que sonara sus mocos, me puse a acariciar paternalmente su cabeza , mientras decía al camarero:
-¡Pobre, ha muerto su madre! ¡Pobrecita!.
El camarero me miró, haciéndome un gesto de asentimiento, mientras la ofrecía una botellita de agua y la instaba a beber un poco y a decirle en "andalú":
-¡Pobre chavala hombre, vaya "desgrasia"!
Poco a poco, yo la iba empujando suavemente hasta que conseguí que entrara al vestíbulo del hotel. Se empezó a calmar. Luego me empujó ella violentamente hacia el hueco que había justo detrás del ascensor, justo al lado de la puerta del cuarto de ascensores que se encontraba medio abierta, y allí medio a oscuras me besó intensamente.
Me estaba empezando a dejar sin respiración, a punto de desmayarme de ahogo, cuando apareció de repente por esa puerta el técnico de OTIS, de los ascensores. Ella se cortó. Aflojó sus labios y tomé aire intentando volver a la normalidad, resoplando para volver a respirar con normalidad.
Serrano, el técnico, hacía unos cuantos días que ya me conocía, pues llevábamos una semana reparando el maldito ascensor, por un problema que tenía con la frenada, y cada día que venía me informaba de la maldita avería que reparaba a diario.
-No se preocupe por mí, siga, siga, que a estas guiris hay que darles caña, que sino se llevan de aquí una imagen poco halagüeña de España, siga siga y vaya a tirársela al cuarto de los ascensores, que yo se lo dejo abierto. La avería es la misma de ayer. Mientras no venga la pieza nueva de Alemania tendré que venir cada día. Ale, ale, siga usted a lo suyo, que estas cosas sino se enfrían, y son mejores en caliente, ale ale...
Katy, parecía haber entendido lo que dijo aquél hombre, y nada más desaparecer el técnico, me cogió con violencia de la mano, tirando de mí hacia el interior de aquella puerta del cuarto de ascensores. Cerró con suavidad y nos quedamos completamente a oscuras. Olía a humedad y a grasa, pero enseguida se cambió el olor por el delicioso aroma del pelo de Katy, que buscaba con ansia mi boca mientras me pasaba su melena por la cara. Todo aquél o aquella que haya vivido una experiencia así comprenderá la excitación que sentí. ¿Alguien ha podido resistir a una cosa como esa?, pues bien, una vez más el hermanamiento fue sublime. Apoyado sobre la pared y ella haciendo el caballito empujando violentamente mientras sentí que temblaban todos los muros del hotel, con el miedo en el cuerpo por si nos oían.
Salí de allí con cierto temblor en las piernas medio tambaleante, e intentando llegar despacito a mi despacho que se encontraba a unos veinte metros. Me senté y resoplė en mi silla. Al minuto pasó Katy guiñándome un ojo con una sonrisa de oreja a oreja...¡Vaya! - pensé- ¡Al parecer no ha estado mal el tema!.
Pero...eso no terminó allí. Aquella noche teníamos una de esas fiestas especiales que se hacían a diario en nuestro hotel. Había que divertir a los ingleses y hacerlos beber, que se gastaran la pasta, sacar lo que pudiéramos de su bolsillo. Fiesta, alegría, alcohol, y dinero van unidos.
A eso de las doce de la noche, mandé parar la música.
Poco a poco se fueron marchando los clientes de la sala que usábamos como discoteca. Me subí a la sexta planta. Se abrió la puerta del ascensor. Salí. Tenía sueño.
Aquella sexta planta era la última planta del hotel que contaba con cinco plantas llenas de habitaciones con pasillos a la izquierda y a la derecha del ascensor y de la escalera principal que ascendía paralela. En aquella planta solo había tres puertas. Una, la de mi habitación , de unos veinticinco metros cuadrados, con una cama, un armario, una mesa con un gran espejo, una mesita al lado de la cama, y una ventana. La cama, estaba colocada justo debajo de esa ventana. Esa ventana daba a una gran terraza, con un enorme tendedero. La puerta de mi habitación estaba justo frente al ascensor y a la escalera principal. La segunda puerta estaba situada a la izquierda de esta escalera y de la puerta del ascensor. Era la enorme lavandería que teníamos en el hotel, llena de lavadoras, de secadoras, de planchas y de tablas de planchar, de estanterías repletas de toallas, de sábanas, de servilletas, de trabajo almacenado allí por la gobernanta y las camareras. Y la tercera puerta estaba justo a unos dos metros de la puerta de mi habitación y era simplemente la puerta de salida a la enorme terraza que bordeaba toda la superficie del hotel por arriba, con lo que el bloque que formaban, la lavandería y mi habitación era una isla que coronaba el edificio del hotel.
Allí, terminaba todo. El ascensor, la escalera, el ruido del hotel.
Mi habitación estaba siempre tranquila a partir de las tres de la tarde, hora en la que se iban las camareras y la gobernanta. Yo era, el dueño de esa tranquilidad por la noche. Siempre dormía con la ventana abierta de par en par. Solo había en el exterior una terraza. Nadie. Nada más. Algunas veces quedaban tendidas cientos de sábanas blancas volando al viento y haciendo un ruido adormecedor.
Esa noche, al salir del ascensor, me tocaron por la espalda. Me di un susto de miedo.
Katy se había escondido detrás de la pared que terminaba en un descansillo donde la escalera dejaba de ser tal. De repente, se apagó la luz. Ella me abrazó con dulzura ( por una vez ). Me besó. Me dejé besar. Abrí la puerta de mi habitación. Cerró la puerta de mi habitación con suavidad ( otra vez, ¡Increíble!). Me empujó con violencia hacia la cama ( se acabó la dulzura) . Caí sobre la cama. Se tiró con fuerza sobre mi. La cama soportó el enviste. Los muelles chirriaban...chiiii, chi, chiiii, chi, chiiii.... Media hora ( que exageración ) (quizá un rato más, quizá un rato menos) después, intenté echarla de mi habitación, pero no había manera. No quería irse. Se abrazó a mi cuello y con su cuerpo se enroscó entre mis piernas. No me podía mover.
No sé, de verdad, que tenía su cuerpo, pero el olor de sus dos grandes y redondas tetas, que colocó en mi nariz, me obligó a ... Bueno, no os cuento mas, que queréis saber todo eso, ¡Cochinos!. Chiiii, chi, chiii, chi.... Temblaba la ventana , se movían las cortinas...aguantaba la cama...y yo también aguantaba...El caso es que cumplí con mi deber una vez más.
Vi la luna llena justo en medio de la ventana abierta. Su luz iluminaba mi habitación. Me dormí al instante. Soñé que estaba en prisión amarrado de pies y manos y no podía soltarme.
A las siete de la mañana, unos lametones en la oreja me despertaron. Un olor a estupro inundaba mi cama. Katy, en todo su esplendor desnudo, que no lo he dicho, pero, esta tía estaba la mar de buena, tenía un par de dos...perfectamente redonditas y ligeramente caídas hacia arriba mirando al cielo, una cintura estrecha, unas caderas bien proporcionadas, una piel suave y blanca como la leche, el pelo ensortijado y largo hasta la mitad de la espalda, los labios carnosos (los de la cara, mal "pensaos") y la cara que aunque no era bella, tenía una sonrisa picarona que la hacía atractiva y unas ligeras e imperceptibles pequeñas pecas la daban cierta gracia. Podíamos decir, que no era guapa, pero cuerpo...lo que se dice cuerpo...tenía cuerpo para cansar...nunca mejor dicho, porque me despertó montándose a caballo sobre mí...y me despertė...ya lo creo que me desperté...o ¿Quizá me despertó?.
No la dejé ducharse. La di un azotillo en su turgente culo redondo y blanco, y ahora si que conseguí que se fuera.
Cinco minutos después, oí a la gobernanta abrir la puerta de la lavandería. ¡Uf!, ¡Nos habíamos librado por los pelos!.
Comí al día siguiente con el Sr. Marcial. Había venido por sorpresa a mi hotel. Habíamos estado viendo unas cuantas cosas. Katy, Janice y Peter, pasaron a saludar al gran jefe. Tomaron un café con nosotros. Se fue el Sr. Marcial con Peter a la central, dejándome con las dos británicas sentaditas en la mesa. Janice, sin decir nada, se levantó y se largó de allí. Eran las tres y media de la tarde. Katy me apretó la pierna derecha con su mano izquierda por debajo de la mesa, subiendo lentamente por mi pierna hasta mi entrepierna. Di un salto sobre el asiento. El camarero llegó corriendo pensando que le había llamado. Tenía yo tanto corte que le pedí un Ballantines con hielo, y no me quedó mas remedio que invitarla a ella. Ella pidió un Baileys también con hielo. Nos tomamos la copa, mientras ella seguía trabajando con su mano. El mantel tapaba la impresentable infamia.
Me levanté antes de que tocara pelo alguno, pero el cosquilleo que provocó en mí me hacía temblar de frío. Hacía 36 grados. Cuando avanzaba hacia mi despacho, sudaba intensamente Cerré la puerta tras de mi. Me senté. Me relajé en mi sillón. Se abrió la puerta sin haber llamado nadie. Katy entró. Cerró la puerta tras de sí. Echó el pestillo por dentro. Se sentó encima de mí...¡Socorroooooo! Quise gritar yo...pero...no grité socorro...otra cosa mejor, grité...¡Hay, señor, señor, que es dura la vida del director de hotel! ¡Señor, señor!...
Aquella noche me volvió a esperar en el rellano de la escalera. Volvimos a entrar en mi habitación. Volvieron a temblar las cortinas de mi ventana. Al darme la vuelta para intentar dormir, miré a la luna, que seguía llena. Me miró con cara de pícara imitando la cara de Katy, y me guiñó el ojo. Me volvió a despertar (la luna no, mi tormento) a las siete de la mañana. Dí un bufido no la hice caso y seguí roncando.
Me despertó el ruido de la puerta de la lavandería. Con los ojos cerrados palpé el otro lado de mi cama. Vacío. Las sábanas permanecían calientes arropando el fantasma de aquella que me poseía. Solo era el olor. No había más. Libre al fin.
Ese día el trabajo me atrapó. Pero a las tres y media, subí de nuevo a mi habitación a descansar. Estaba la gobernanta aún en la lavandería. Entré en mi habitación, cogí mi cassette portátil y los cascos, salí a la terraza por la puerta de la derecha y me tumbė a la sombra justo al lado exterior de la ventana de mi cuarto en la tumbona que tenía allí en exclusiva para mí. Solo, ¡Qué placer!. Me puse a Beetohoven, la novena, una de mis preferidas. Al minuto seis y medio, del primer movimiento, allegro ma non troppo, cuando empieza lo mejor, apareció Katy. Se quitó la blusa, sin decir nada. Nada , lo que se dice nada, había debajo de la blusa. Pasó sus dos razones delante de mí, se tiró encima, se quitó... ¡Vale, vale vale!... La tumbona se partió por el medio, se rompió un pata. Se levantó y cogió unas cuantas toallas que se secaban al sol. Las tiró al suelo. Yo la veía tirado sobre la terraza mover ese maravilloso cuerpo...¿Qué podía hacer? ¡Hay!. Oíamos la música que salía de los cascos...en ese momento cantaba:
Freude, schöner Götterfunken
Tochter aus Elysium,
Wir betreten feuertrunken,
Himmlische, dein Heiligtum.
¡Alegría, hermoso destello de los dioses,
hija del Elíseo!
¡Ebrios de entusiasmo entramos,
diosa celestial, en tu santuario!
Por la noche otra vez repetimos el mismo himno...
Quince días después me fui a pesar a la farmacia. Había perdido diez kilos. Pesaba solo cincuenta y tres kilos, midiendo uno setenta y ocho. Los pantalones se me caían, no tenía fuerza ni para escribir.
-¡No debería trabajar tanto, jefe! - me dijo el jefe de recepción- ¡ Se está quedando usted en el chasis!, no es bueno tanto trabajo, relájese, tómese algún día de descanso. Yo me encargo de todo, y ya que hoy es viernes, váyase a dar una vuelta por ahí y a buscar una buena guiri que le alegre un poquito, hombre, tómese el sábado y el domingo libres, ¡que usted se lo merece!.
Justo justo dio en el clavo. Si él supiera lo de la guiri...como para más guiris estaba yo.
Aquella tarde comencé a pensar en dejar todo esto, en huir de allí. Pero ¿Comó podía huir de allí?. Tenía que trabajar . Y ella estaba allí todos los días, a todas las horas. Controlándome, espiándome, acosándome, acabando conmigo como si fuera una cucaracha...echándome polvo tras polvo...tenía que urdir un plan para quitármela de en medio. ¿Pero cómo?.
Estaba pensando en esto cuando vi a Janice la rubita sentada en la terraza de espaldas. A su lado estaba Peter. Ví como Peter la metía la mano por la parte interior de la falda y la tocaba el culo. Luego la atrajo hacia él y la dio un beso largo largo. Entonces comprendí lo de Janice... Y el tonto de Peter, el mosquita muerta, con lo gordo que estaba, se la trabajaba en buena hermandad... ¡Anda fíjate oye!.
A las ocho de la tarde, bajaba yo duchadito, oliendo a Kouros, mi colonia preferida, yo solo en el ascensor. De repente se para en la segunda planta. Plantada en la puerta estaba Katy con una minifalda imponente, un escote imponente, bien perfumada, bien duchada...¡Hay señor, señor...qué cruz!. Entra en el ascensor, me aprieta contra ella, me da un beso de rosquilla, yo me intento separar, por si alguien nos ve y se lo digo, pero ella persiste, y luego se acelera el ascensor, toma una velocidad excesiva, que notamos dentro de la cabina, mientras se asusta, me suelta y grita. Para el ascensor de golpe. Damos un brinco. Miro la botonera. Estamos en el sótano. La puerta no se abre. La luz se apaga. ¿Qué hacemos? Pienso.
Pues bueno, hago lo que todos haríamos en el mismo caso. Aprieto el botón de alarma. A los tres o cuatro minutos el jefe de recepción pregunta desde fuera:
-¿Quien está ahí? ¿Hay alguien dentro? - lo dice en español y en inglés.
-Estoy yo, dentro, Raúl, yo y Katy, la guía.
-Vale, no se preocupe, jefe, voy a llamar a OTIS, ya le informaré porque yo no puedo sacarle al estar el ascensor en el sótano.
Se fue. Oscuridad total. Silencio. Pasaron unos minutos. Mientras, ella me acariciaba, según ella para no sentirse sola. A los cinco minutos volvió Raúl.
-¡En unos minutos viene Serrano el técnico que lleva nuestro ascensor, que está de servicio!.
Se volvió a ir. Silencio. Las caricias aumentaron. Aumentaba el calor en el ascensor, el del ambiente y el mío también. El de ella, al parecer, ya venía caliente.
Estábamos en eso, solo en eso, cuando oigo la voz de Serrano:
-¡Ya le dije que este cacharro necesita la pieza de Alemania que no llega! , ¡ Tengo que hacer una pequeña chapuza una vez más para ponerlo en marcha y subirlo a la planta sótano, ya que está justo en el suelo! ¡Han tenido suerte, si cae desde más arriba, no sé lo que habría pasado!.
- Ya sé que está bien acompañado, según me han dicho, y en la oscuridad, así que aproveche y tíresela ahí, que tardaré al menos una media hora, ale, ale, dele caña hombre, dele caña y no se preocupe que ya le sacaré yo cuando haga falta...
Y diciendo esto, se fué. Otra vez silencio.
Ella, parece que había entendido y empezó con las suyas... Estábamos en eso...
"se abre la puerta de repente. Un montón de inglesas me miran desde el rellano con el arma en "presenten"...¡Cielos, tragamé tierra, tragamé..!". -pensaba yo, mientras...menos mal que solo era mi imaginación.
Pero no pasó nada de eso. Luego, nos sentamos en el suelo a esperar.
Un buen rato después volvió la luz. Sonó un gruñido de motor. El ascensor subió lentamente unos metros. Se abrió la puerta. Serrano me miró pícaramente, y me dijo:
-Espero que la haya disfrutado...le he dejado diez minutos más por si quería repetir.. ¡Ja ja ja!
Algunos ingleses e inglesas se habían congregado allí y rompieron en enormes aplausos mientras ella hacía el símbolo de la victoria con las dos manos y yo, agachaba la cabeza.
Esa noche, no cené en el hotel.
Me escapé a Palma. Fui a buscar a mi amigo Ramón y a su novia Marlena. Cené con ellos en su casa una deliciosa pizza, y nos fuimos los tres de copas. A las cuatro de la mañana con varias copas encima, me obligaron a quedarme a dormir en su apartamento del centro de Palma.
El sábado me fuí a la playa con ellos. Comimos unos pescaditos en un chiringuito que yo conocía y volvimos a la playa. Cenamos de nuevo en su casa y volvimos a salir de copas. Dormí de nuevo allí.
El domingo llamé al hotel. No había novedad. Ninguna pared se había caído. Ningún cliente había muerto. Todo en orden. Pasé el día pensando en como deshacerme de aquella lapa insaciable que tenía por guía residente, pero no encontré ninguna forma de zafarme de aquella mezcla de placer y tortura.
Llegué a la conclusión de que si seguía así no tardaría en morir. Esto no podía seguir por más tiempo. No, no podía seguir. El tormento era muy superior a la lujuria.
Volví al hotel a las tres de la mañana. Entré por la puerta de servicio que estaba cerrada, pero yo, como jefecillo que era, tenía todas las llaves. Subí por las escaleras de servicio sin que nadie me viera ni me oyera. Abrí con sumo sigilo la puerta de mi habitación. Me intenté dormir, pero no pude. Pensaba en lo que sentía por Katy. Al principio fue divertido. Aquél énfasis, aquél estupro desmedido, aquellas ganas del principio. La chica estaba muy buena, no digo que no, pero luego tanto tanto me cansaba. Era insaciable, nunca tenía bastante. Además, me daba la impresión de que llegaba a pensar que esto pudiera ser algo serio. ¡Toda la vida así!, pensé, ¡My God!. Tenía que hacerla desaparecer, pero ¿Cómo? . En estas seguía cuando me quedé dormido.
Al parecer soñaba. Veía la ventana abierta de mi habitación. Entraba el viento. Las sábanas y las toallas flotaban en el aire y sonaba la novena de Beethoven...
Sentí un tacón que me apretó el hombro derecho. Me desperté de repente. La luna llena iluminaba mi habitación, y en el sueño ,creía, vi a Katy que entraba por la ventana, dando un salto y cayendo sobre mí con sus tacones puntiagudos por delante. El daño que me hizo fué terrible y grité mitad por dolor mitad por el miedo que me causó esta entrada inesperada por la ventana, a la cual, habiendo encontrado la puerta de mi habitación cerrada a cal y canto, había accedido entrando por la puerta que cerraba la terraza, que siempre estaba abierta, y posteriormente se había subido en los restos de la tumbona rota del otro día. Había trepado hasta el alféizar de la ventana, y había saltado a ciegas sobre su "bello durmiente", o sea yo. no era sueño, era verdad. Se había colado por mi ventana.
Se tumbó a mi lado. Me musitó cosas bonitas, y dulces y comenzó a llorar amargamente.
Yo, que aún permanecía alucinado por la aparición de "la reina de la noche" comencé a pensar en cómo sacarla de allí, pues esto ya era el colmo.
Ella, sin embargo sin parar de llorar me abrazaba fuertemente y me decía:
-¿Cómo es posible que me hayas dejado durante dos días y no me hayas dicho nada? ¿Porqué me has abandonado? ¿Porqué has vuelto y no me has buscado? ¿No te das cuenta que no puedo seguir así? Necesito abrazarte, tenerte, comerte, amarte constantemente, sin parar...
Y continuaba llorando desconsoladamente.
La verdad es que me dió un poco de pena, pero tenía que quitármela de encima y seguía sin saber como hacerlo.
Dí un vuelco a la sábana y con todas mis fuerzas la empujé. Ella, que estaba pegada a mí, se soltó sin querer, probablemente, para cambiar de postura, y en ese instante cayó de la cama contra el suelo haciendo un inmenso ruido.
Lloraba desde el suelo, casi a grito pelado. De repente se levantó. Estaba desnuda. Se vistió corriendo. Seguía llorando.
Me tiró algo a la cara. Luego vi que era un pañuelo que ella llevaba puesto al cuello cuando saltó a mi cama.
Abrió la puerta y salió. Dio un portazo y temblaron los tabiques.
Intenté dormirme, dar la vuelta en la cama. Miré el reloj. Eran las cuatro y media.
Oí como subía el ascensor hasta arriba. Oí como se cerraban las puertas. Oí como iniciaba su descenso el ascensor. Y luego oí un ruido enorme: plaaaaaaaaammmmmm. Sonó el ruido como si hubiera caído una bomba en el centro del hotel.
Salí corriendo medio desnudo al descansillo de la sexta planta, sin saber que era lo que produjo el ruido. Oí gritos de gente. Bajé corriendo pensando en que había sido una bomba. Bajé con mis calzoncillos y una camiseta. Por los descansillos me encontraba a guiris excitados. Llegué a la planta baja. El conserje de noche me dijo:
- Jefe, no se que ha pasado, pero ha habido un ruido enorme. La centralita no para de sonar, preguntando qué ha sido ese ruido.
- Lo sé, lo he oído, voy a ver si ha sido el ascensor. Debe estar en la planta del sótano. Venga usted conmigo, rápido.~br/>
Bajamos las pocas escaleras que nos quedaban. La última puerta que abría y cerraba el ascensor, la de más abajo, estaba cerrada. Abrimos entre los dos ,con la llave de emergencia que ambos teníamos, la puerta. el ascensor se encontraba aún más abajo. Más abajo aún de donde yo había caído en compañía de la guía aquella vez. Según yo pude calcular, se había arrugado. Se había quedado de un tamaño de metro y medio escaso aproximadamente. Los laterales se veían cual cuerpo de acordeón. El corazón me latió con fuerza. Se salía de mi cuerpo. Pulsaciones a doscientos me acongojaron. Llamé a Katy a grito pelado, pero no respondió. El conserje de noche me miraba extrañado. Seguro que se preguntaba porqué llamaba a Katy. Le pedí que buscara algo para poder abrir el techo de la caja de ascensor, que lo teníamos justo en el borde que quedaba debajo de la puerta del sótano. Subió corriendo. Bajó corriendo portando un cuchillo. Apreté con fuerza la chapa que cubría el techo del ascensor. Presioné hacia abajo y una rendija se abrió entre la tapa y el cuerpo de la caja. Metí el cuchillo y presioné hacia arriba. No se abría el techo de ninguna manera. El conserje de noche metió una llave de gran tamaño que tenía en su enorme llavero, por la rendija, y entre los dos conseguimos abrir la tapa superior de la caja fatídica. Estaba oscuro el interior. Chisco tenía una linterna que siempre llevaba consigo. Enfocó la linterna dentro de la caja.
Ví el rostro de Katy. Los ojos enormes, completamente abiertos, mirando hacia arriba. Unas lágrimas brillaban bajo sus pupilas. El resto de ella era una arruga. Se había quedado doblada completamente y su cuerpo no llegaba a medir cuarenta o cincuenta centímetros. En el suelo la sangre fluía roja roja. Había un enorme charco rojo. Luego me entró un mareo y creo que perdí la conciencia. Mientras mi cuerpo se doblaba oía a Los Secretos cantar su canción:
"vete ya de mi vida
Déjame en paz
Tus ojos de perdida
No me dejan soñar..."
Sabía que iba en una ambulancia. Oí la sirena.
Por mi mente pasaron miles de imágenes miles de sueños, miles de canciones, pero solo oía la Flauta Mágica de Mozart.
Oía cantar a La REINA DE LA NOCHE:
Froh, wie seine Sonnen fliegen
Durch des Himmels prächtgen Plan,
Laufet, Brüder, eure Bahn,
Freudig wie ein Held zum Siegen.
Gozosos como vuelan sus soles
a través del formidable espacio celeste,
recorred así, hermanos, vuestro camino
gozosos como el héroe hacia la victoria.
Desde entonces estoy convaleciente en este hospital. No sé si saldré alguna vez. Me han dicho los sicólogos que escriba, que es bueno para mi salud. Eso, eso, es lo que he decidido hacer, durante el rato en que me sueltan las cuerdas que me atenazan durante el día y la noche.
Para mi hija "la sicóloga."
Lo escribió Daniel Martín CEA.
Septiembre 2012
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