EL MUERTO Y EL MONTACARGAS
El verano en que estaba trabajando en Menorca, me ocurrió una cosa, algo, por así decir, particular o más bien pintoresca o macabra, según sea el punto de vista del que lee lo que escribo.
Sucedió que un día mientras estábamos dando el servicio de cenas en el hotel del cual era yo Director, me llamaron por el" busca "para que acudiera urgentemente a la puerta de entrada del comedor. (He de aclarar, que en aquellos tiempos, y no hace tantos años, como unos veintitantos, no teníamos teléfonos móviles ni tan siquiera algo que se les pareciera, de ahí el uso de aquellos aparatos llamados "buscas"). En aquel momento estaba en el hall de recepción intentando ayudar a una señora a salir de uno de los ascensores que se había quedado parado entre la llamada planta noble y el piso cero. Solté inmediatamente a la señora que se quedó con ganas de darme las gracias o quizá de echarme la gran bronca, a juzgar por la expresión de su cara, y me fui escaleras arriba a toda prisa, pues el salón comedor estaba en la planta superior al hall. Cuando llegué allí me encontré con un numerito teatral medio trágico, o medio cómico, según sea el punto de vista que ya he dicho anteriormente. Digo esto porque había una señora de unos sesenta y muchos años llorando inclinada sobre un señor de otros "tantitatos" años tendido en el suelo expulsando espuma blanca por la boca, mientras Genaro, el maître del hotel y Saturnino el segundo maître le daban, o intentaban mas bien, darle aire con unas toallas, aunque también parecía que estuvieran espantando moscas para que no se cebaran en las babas de aquel pobre señor. De verdad, que era de foto, o de tragicomedia de las de antes, por lo llamativo de los uniformes de ambos dos empleados que vestían corbata negra con americana de color butano y pantalón azul marino, aunque vistos los brillos que tenían en las correspondientes posaderas mas bien podían ser de color brillante indefinido, y junto a ellos, la señora vestía de amarillo chillón , muy a gusto del inglés, pues inglesa era ella, y el tumbado, vestido iba de color violeta a tono con el color que había tomado su cara.
Desde el teléfono del comedor llamé de inmediato a recepción para que avisaran con urgencia al médico, dado el color, nunca mejor dicho, que tomaba el asunto, y dado que yo, por muy Director que fuera nada podía hacer por el moribundo, salvo ponerme a espantar moscas como ya hacían los otros empleados del hotel.
Mientras el doctor llegaba, ordené que retiraran discretamente al tumbado con la espuma en la boca, para que los clientes que vinieran no encontraran al moribundo en tal estado, y se pensaran que la espuma era efecto de haber comido algo cocinado por Ferrán Adriá (cocinero actual y "artista conceptual" muy dado a eso de la " espuma"), o por un exceso de cava, o por otras malas costumbres hispánicas, ¡Vaya usted a saber! , y lo escondieran tras un biombo de bambú que teníamos por allí cerca para esos casos tan poco frecuentes, porque nunca se sabe, oye.
Bueno, el caso es que al cabo de un rato, dos minutos para el doctor , one hour para la señora que lloraba, y algo así como quince minutos para mi, apareció el buen doctor con su chaqueta de color ocre y su pantalón de franela tierra de sombra tostada, sudando a la gota gorda. Hacía unos treinta y cinco grados y era sobre las siete y media de la tarde. Bien es sabido que a esa hora y con esa temperatura, solo un inglés o inglesa pueden cenar. El buen galeno lo primero que hizo fue limpiar la cara del inglés viejito con su propio pañuelo, y a continuación le pegó un muerdo de los que nunca había visto, ni tan siquiera en las películas porno. Haciéndole lo respiración boca a boca se pasó un buen rato, four secons para la inglesa, casi media hora para el doctor, y unos cinco minutos para mi.
-La verdad, es que el cliente inglés ya estaba muerto antes de que comenzara con la respiración -, nos dijo el doctor mientras se secaba la asquerosa baba pegada a su cara y bebía una botella de agua.
Yo, no se si habrá cielo, pero de verdad ese maravilloso doctor, que aunque dicho sea de paso, de medicina no es que supiera mucho, pero de humanidad un buen rato sabia, porque besar a lo que beso, mas aun incluso sabiendo que ya estaba muerto tenía tela y había que tener estómago , pues se ganó el cielo... Puag.
Tras esperar una hora para mí, almost two hours for the woman y solo quince minutos, para el juez, este se presentó y lo declaró legalmente muerto.
Esperamos al día siguiente para que se encargaran de hacer los procedimientos para repatriar el cadáver, y se llevó al difunto a su habitación que compartió por última vez con su esposa, transportándolo encima de una escalera entre cuatro camareros voluntarios.
Al día siguiente me comunicaron que la embajada de Inglaterra tenia todos los papeles en regla para que el fiambre viajara hacia su lugar de nacimiento y que hacia el mediodía , un coche de la funeraria , cuyo nombre, en realidad no recuerdo bien si era algo así como : " morir cansa" o " muerte y descanso " o " cansado de tanto muerto" ... (sobre todo si no son ni siquiera de aquí) ,vendría a llevarse al inquilino que ya no era tal, pues al estar muerto no era nada, porque mientras vivimos damos toda la guerra que queremos y además, en algunos casos, sobretodo si tienes pasta, tienes algunos o muchos derechos a dar más guerra, dependiendo de la pasta que tengas, pero... Una vez muerto no eres nada... Nada... ¿ Nada?...
Pues anda, que no dio guerra el muerto, ni nada.
A las doce del mediodía, el coche fúnebre hizo acto de presencia en mitad del patio del hotel, repleto de clientes, es decir, como se hace siempre en los hoteles españoles lleno al 120%, por ciento. Los niños que estaban en la piscina , al ver un coche negro con pinta rara, salieron a la carrera acompañados de la animadora infantil y de la encargada del Kid-Center, que no era otra, que mi mujer, a la que yo había colocado , dado mi influencia en el cargo, en ese puesto de altísima responsabilidad, pues debía encargarse de tener en orden los pañales y los potitos para todos los bebes que el hotel acogiera, y se concentraron alrededor de dicho coche largo y negro, con una sospechosa caja de color marrón oscura y con una algarabía fuera de lo común.
Salí urgentemente a decirle al conductor que ya les había advertido a los de la funeraria que debían entrar por la parte trasera, por donde cargábamos las mercancías que llegaban al hotel, y no como si llegara Julio Iglesias a la entrada principal, con lo cual, los niños y las dos empleadas, se dispersaron y volvieron a sus juegos.
Una funeraria, en Menorca, en aquel entonces, no era una funeraria como cualquier otra en España. Quiero decir, que, normalmente son dos, conductor y acompañante, los que vienen como relleno en el coche fúnebre, pero...aquí en Menorca siempre ayudan los familiares a transportar al difunto, y si no tiene familiares, se echa mano de aquellos que están tomando penicilina o ginet en los bares, que tienen bastante fuerza, pues bien sabido es que el gin de Menorca, es de los mejores del mundo... Lo dejaron los ingleses, precisamente como tradición.
Bueno, pues Pera , que no es otra cosa que Pedro en español (siempre he pensado que no deja de ser la pera , llamarse Pera) que así se llamaba el conductor, me dijo:
-Sr Director, como esta caja de muerto es muy pesada, pues no teníamos otra disponible en el almacén, puesto que en esta semana van siete los muertos ingleses que hemos tenido en la isla, y no será esta la caja definitiva, pues los ingleses, como Ud. ya sabe no se fían mucho de los españoles, van a mandar una caja especial de caoba China que parece ser mejor que la caoba española, según ellos, "collons, " (cojones, en español)- dijo- entonces necesitaré de la ayuda de alguno de sus empleados...
-Vale- le dije- ahora le envío un par de ellos para que le ayuden.
Al momento me di cuenta de que al ser domingo, solo contaba con dos personas que podían abandonar por un ratito su servicio: el servicio de guardia de los servicios técnicos, y el jardinero de turno.
Los mande llamar por recepción y a los dos minutos, según ellos, y a los quince minutos según el de la funeraria y yo... Llegaron allí.
Manolo el de servicios técnicos de guardia era un tipo callado, solitario, no hablaba con nadie, salvo con una camarera que le ponía nervioso, y que siempre, además estaba de servicio de guardia como él, que casualidad. Antonio, el jardinero era andaluz de un pueblo de no sé dónde de "zevilla" y que zeimpre habraba azí o quizá ozú," entoabia "peó.
Les dije, - Señores, el Sr. Pera, no tiene a nadie que le ayude, y como saben, ayer, murió un cliente en el hotel, que tiene que ser evacuado del hotel, sobre todo teniendo nosotros un alto porcentaje de overbooking, y además, acabará por oler peor que la comida del chef después de cinco días, por tanto, caballeros, deben ustedes ayudar a transportar tan especial peso, pero solo serán unos pocos minutos.
Nada más que dije esto, Antonio, el jardinero, cambio su cara de andaluz fornido en miles de batallas camperas por una cara de andaluz estreñido y convirtió su rostro en una expresión de horror atroz, como si fuéramos a cortarle un brazo o algo así.
-Sr. Director, Sr. Director, no me pida hacer esto, no me pida hacer esto, por mis muertos, se lo juro, por mis muertos... ¡i Si es preciso haré una jornada de catorce horas! ¡... Pero no me pida hacer esto, por mis muertos, por mis muertos...!.
-Pero Antonio - le dije- si solo son unos minutos para ayudar a meter al muerto en el ascensor y ¡Voila! (se nota que se idiomas ¿Eh?) después al coche de muertos... Y ya está.
-Pero mire, Sr. Dire, ozu, pero mire Ud. ...yo soy de un pueblo de Andalucía, en donde los muertos nos dan yu - yu , nos dan mal fario y no podemos estar al lado de ninguno, pues nos llevan al infierno con ellos ozú, y si tocamos a alguno o si nos acercamos a alguno que no sea de nuestra familia, con toda seguridad en pocos días la palmamos ozú ... Que no, Sr. Dire,ozu, que no, que yo no puedo hacer esto... Que no puedo...mándeme lo que sea, que uno es un mandao y para eso estoy, pero eso, ozú, no, Sr. Dire, eso, ozuu... No.
-Antonio, por favor-le dije yo- eso es una chorrada. Nadie se ha muerto por tocar a un muerto, y mucho menos por transportarle, que no le va a tocar, hombre, que no le va a tocar, ni tan siquiera le va a ver, ni tan siquiera le va a ver. El Sr. Pera, es la pera en traslados de difuntos y sabe mogollón de cómo se debe hacer el traslado para que no se les vea ni siquiera el apellido, además, el apellido es inglés, y bien es sabido que en las tierras inglesas los difuntos una vez muertos ya no sirven para nada, que no es como aquí que una vez muertos se nos aparecen o vienen a vivir con nosotros cuando se muere la suegra, que no es como aquí, hágame caso que no es como aquí, nada que ver, hombre, los muertos ingleses se mueren y basta, sino, la prueba la tiene aquí, que salvo dos o tres empleados y yo, sabemos que el Sr. Smith la palmó... Y Ud. Y su compañero se ha enterado ahora... Que si no se lo digo yo ahora, le habían transportado a hombros creyendo que era un trofeo que habíamos ganado en la competición de hoteles de la cadena y no habría pasado nada, pero, como sabe, ni a la empresa ni a mi, nos gusta engañar a los empleados, y por eso vamos siempre con la verdad por delante, y a veces, la verdad es esta... La última etapa de la vida... Pero que no pasa nada hombre, que no pasa nada... Venga.
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Fue tan largo y convincente mi discurso, que el pobre jardinero se quedó con cara extraña y no sabía si pensar que tenía que ayudar o que tenía que huir de inmediato del contagio del difunto. Al final todos fuimos hacia el montacargas y él, a regañadientes, nos siguió por la puerta trasera. Subimos. El muerto se había muerto en la planta noble, pero se había almacenado, bueno, quiero decir, lo habíamos colocado, cuando llegó vivo en la planta once, de las doce que tenía el hotel, es decir en la casi mas alta de todas. Subimos por el montacargas. El montacargas no era lo que se dice un ascensor de última onda, ni tan siquiera un ascensor moderno. A veces fallaba un poco al abrir la puerta. A veces la puerta fallaba un poco al cerrarse. A veces al abrirse la puerta se quedaba sin cerrar del todo y no se movía, ni para arriba ni para abajo. A veces el propio ascensor, tenía vida propia y simplemente se abrían y cerraban las puertas y el ascensor funcionaba... Y no se sabia bien porqué (a esto lo llamaban el fantasma del ascensor).
Subimos, pues, los cuatro mas el féretro vacío, siendo cinco la capacidad máxima del mismo. Y funcionó perfectamente. Nos subió de un tirón desde el cero, hasta el once, eso si, con un golpe ¡tac! o ¡troock! O más bien ¡truuccccc! Yo creo que más bien era este último ¡truuccccc! Y se paró. Abrimos la puerta. Bajaron entre los tres la caja de madera vacía que aun así, debía de pesar un poco, por la cara que los tres ponían y llegamos a la 1123. Yo, claro, como jefecillo que era no llevaba peso, solo el peso de mi responsabilidad, que no era poco peso, y el peso de terminar de una vez con este rollo, que ya me tenía durante dos días preocupado.
Antonio, no entró, se quedó petrificado en la puerta de la habitación y diciendo constantemente " Dios mío, Dios mío" y "ozú, ozuuuu" repetidas veces y dando grandes voces a veces y a veces en susurros se oía también el "ozú Dios mío ozuuuu"...
Entramos los demás, yo incluido, y vimos al difunto en una de las dos camas tumbado y rígido como un espárrago, y largo, y largo, si que... era largo. Fue entonces cuando me di cuenta de que medía al menos casi dos metros y era delgado como una línea recta. La mujer lloraba en la ventana, sentada en una silla.
Colocó el Sr. Pera la caja de color pajizo junto a la cama, y pidió a Manolo que le ayudara, diciendo:
-Manolo, por favor, échame una mano, que no puedo solo... -, y aunque suene a pareado, eso fue lo que verdaderamente dijo, mientras yo intentaba no soltar la carcajada.
La verdad es que daba un poco miedo. La luz entraba por la ventana y daba directamente sobre la cara del difunto, y este parecía dormir, pero su palidez parecía la cara de Drácula. La esposa vestida de amarillo, como el anterior día, seguía parada en la ventana y su sombra se alargaba hasta la cama. Faltaba la música del exorcista para crear una atmósfera tétrica y algún directorcillo de cine como Almodóvar de los que hicieran un corto para llevarlo a una película de terror, y claro, por supuesto, la subvención de turno del gobierno para poder realizar la peli.
El muerto estaba blanco como la leche.
Lo intentaron levantar, uno cogiéndolo por la cabeza y otro por los pies, pero no pudieron. Lo volvieron a intentar, pero estaba tan rígido que tubo que ser la esposa del fiambre la que ayudo sujetando el cuerpo por la cintura y lo colocaron en el ataúd como pudieron. Pero ¡Sorpresa! El largo cuerpo del Sr. Smith no cabía allí. Le salían los pies por la parte final, pues la caja no era lo suficientemente grande para que cupiera o cupiese.
-¡Pero hombre, Pera! - le dije-es que es usted la pera- ¡perdón, quise decir la leche!- ¿Como es posible que haya traído un ataúd tan pequeño, es que no sabia que los ingleses, son mas altos que los pobres españolitos, o que?
-Pero, Sr. Director, ya le he dicho que no teníamos otro más en el almacén debido a la enorme cantidad de muertos" guiris "en esta semana. Esto es lo que hay por el momento. Mañana mandarán desde Inglaterra uno a su medida. Mientras tanto, tenemos que colocarle aquí dentro como sea, si es preciso le cortamos los pies...- dijo el descerebrado, mientras pensaba yo, que menos mal que la esposa del pobre difunto no entendía una sola palabra de español, que sino, habría pensado que todos los españoles éramos así de finos como el Pera.
Llamaron a Antonio, para que ayudara, y este respondió desde fuera, desde el pasillo donde se encontraba temblando de miedo, que no podía, que le temblaban las piernas y que era incapaz de ver a un muerto, porque los muertos hacían morir a los vivos...ozú...ozuuuuuuuu...
Entonces, con un esfuerzo sobrehumano, el Pera logró colocar los pies dentro del fondo del féretro, pero las rodillas subieron un palmo y medio o dos sobre el borde de la caja, con lo cual al intentar cerrar la misma, no lo lograron, pues estaba tan rígido que era imposible hacerlo doblar las larguísimas piernas de forma alguna.
Los casi dos metros de inglés cadáver no se dejaban encerrar ni en broma. Fue entonces, cuando les dije yo, que alomejor podían cerrar el "changarro" si nos sentábamos la guiri y yo sobre la tapadera del cajón, mientras ellos cerraban los cuatro enganches que tenía el féretro. Y así lo hicimos. Nos sentamos la señora llorosa y yo sobre la tapadera mientras oímos un craaaaaccc... o algo así ¿Serian acaso las piernas del intercepto que habrían quebrado? Ellos intentaron cerrar los enganches empezando por los dos de abajo, los cuales cerraron sin grandes dificultades, pero cuando llegaron a los dos de la parte de arriba, el Pera, con gran experiencia, cerró el suyo sin dificultad, pero el otro no podía de ninguna manera cerrar el de su parte. Dejó el Pera el suyo bien cerrado, o al menos eso creyó, y se fue a cerrar el de nuestro empleado, gruñendo un poco en menorquín...o así me pareció a mí. Lo intentó de mil maneras, pero era imposible, era imposible. Y dijo:
-Bueno, de todos modos, para bajarlo no habrá problemas. Podemos bajarlo muy bien, siendo tantos como somos, y además bajando en ascensor...no habrá problema alguno. Venga, vamos.
Llamé a Antonio para que entrara, pero este seguía sin querer entrar y repitiendo "ozú, ozuuuu" constantemente, por lo que tuve que salir a por él y cogerlo de la manga para que pasara dentro, habiéndolo explicado previamente que ya no vería al muerto pues estaba atado y bien atado y que ya no saldría de allí para hacerle nada malo. El Antonio temblaba de los pies a la cabeza y se santiguaba constantemente mientras repetía mil y mil veces su "ozú, ozuuuu" y me dijo una vez más:
-Por favor, Sr. Director, no me obligue a hacer esto, por favor...
-Venga hombre, no me sea Ud. cagueta que no se diga. Que ya esta muerto y no va a resucitar, que nadie resucita...una vez muerto, hombre...
-Los muertos son más listos que los vivos, Sr. Dire. Que en mi pueblo se han visto cosas de gente que una vez muerto se han aparecido a otros que lo han visto muerto y hasta se han ido a tomar cañas con ellos, que yo lo se bien... Y se levantan de la tumba cuando ellos quieren y van a por ellos y los martirizan de por vida, que yo lo se, que yo lo se... Y…
-¡Bueno basta ya! -le corté por lo sano.
-¡Vale!- grité- Ud. ayuda y punto, que ya está bien de historias de muertos. Tenemos que sacarlo de aquí, y después le prometo que mañana le doy el día libre, ¿Vale?
Pero no se tranquilizó para nada. Temblaba como un flan y rezongaba por lo bajines en su jerga andaluza y solo le entendíamos de vez en cuando su "ozú...ozuuuu...
Al final, después de mucho esperar, entró en la habitación con los ojos cerrados y se puso al servicio del Pera que era el mandón del grupo, claro, exceptuándome a mi, por supuesto, porque mandar yo mandaba, no cabe duda. Por lo tanto yo mandé, y dije que había que sacar al muerto y que había que llevarle en dirección al montacargas. El Pera delante soportando el peso de dos personas y el jardinero y el técnico que no hablaba, cada uno a un lado por la parte de atrás.
Recorrieron la parte del pasillo, que eran unos veinte metros o quizá menos, sin ningún problema. La esposa del fallido inglés y yo, fuimos detrás de la fúnebre comitiva. Llegamos al montacargas. Llamamos al botón de llamada. A esas horas, las camareras de pisos que eran las que más utilizaban el aparato, ya se habían ido. Solo quedaba la camarera de guardia, el servicio técnico de guardia, y el jardinero de tarde, que eran los posibles usuarios del aparato y todos, menos la camarera estaban conmigo.
Llegamos toda la comitiva hasta la puerta de acceso al ascensor. Este, tardo en llegar, según el jardinero casi media hora, según la inglesa... I don' t mine...y según yo unos dos minutos... Ya que era lento en todo, en subir, en bajar, en abrir las puertas, en cerrarlas... Era lento, lento...lento vamos.
Abrí, la puerta exterior, luego la puerta interior se abrió por si sola automáticamente. Sujeté la puerta con mi pie para que toda la procesión, pudiera entrar. Habían dejado el féretro en el suelo, horizontalmente. Como no cabía en horizontal, tuvieron que levantarle por la parte de la cabeza y entre los tres, lograron arrastrarlo hasta dentro quedando el Pera y Manolo detrás de la caja , mientras que Antonio el jardinero que no quería entrar se quedó en el pasillo , por lo tanto, entramos la inglesa y yo y nos colocamos muy acurrucados, uno a cada lado del féretro mientras que Antonio se quedaba en el pasillo y apenas había sitio libre para que pudiera colocarse allí, así que tiré de la solapa de su camisa verde de jardinero y lo introduje a la fuerza de cara al ataúd y aplastando su nariz en el mismo. -! Ozú, ozuuuuuuuuuu! -decía repetidamente. Tiré a continuación de la puerta exterior cerrándola con estrépito y a continuación se cerró automáticamente la puerta interior. Casi de inmediato apreté con el brazo derecho la lucecita con el numero cero. El montacargas hizo ruuuuuuuu y arrancó dando un golpe seco que nos hizo dar un ligero saltito a todos los ocupantes del mismo, incluido el ataúd del muerto. Vi como la manilla de cierre de la parte superior que habían conseguido cerrar se abrió de repente al repercutir el golpe, con lo que la tapadera de la caja se quedó abierta por la parte de arriba, sin que nadie, excepto yo, se diera cuenta, quedando una rendija del tamaño de tres dedos desde la parte superior que se iba haciendo más pequeña hasta la parte inferior, al estar los dos cierres de abajo bien cerrados.
Íbamos bajando lentamente y hacia un ruido raro el ascensor, como ruuuuuuuu ruu, ruuuuuuuu ruu...y de repente, ¡Zaplán! Se para el ascensor justo en la planta cuarta. El ascensor da un golpe brusco y seco! Trock! Al pararse de repente. La puerta interior se abre automáticamente y el pobre Antonio el jardinero, al estar bastante presionado por delante con la caja del muerto, se siente aliviado y sale de culo, casi lanzado hacia atrás, porque en ese momento la puerta exterior se abrió bruscamente ya que la camarera de guardia tiró de ella desde afuera y automáticamente sin mirar hacia el interior del montacargas, hizo el amago de querer introducir su carro con los bártulos necesarios para ejercer su trabajo. El culo del jardinero dio contra el carro cayendo dentro de la cesta delantera que el mismo tenía para meter la ropa sucia. Este quedó en postura de uve, es decir con el culo dentro de la cesta y los brazos y las piernas hacia arriba. Inmediatamente la puerta del ataúd se abrió definitivamente con el golpetón de frenada cayendo encima del maltrecho jardinero y a continuación casi pegado a la puerta, el muerto, al tener las piernas tan forzadas, cayó también prácticamente de rodillas, sobre la puerta de la caja que a su vez aplastaba ya al jardinero. Un grito desgarrador, seguido de otro aun más desgarrador se oyó en el silencio del pasillo y la camarera comenzó a correr como una descosida, mientras el aplastado gritaba -Dioz mío, Dioz mío, socorrooooo.
Tiramos del muerto la inglesa, Manolo, el Pera y yo,... y Antonio sacando fuerzas de flaqueza y haciendo un esfuerzo sobrehumano, salió, no sé como, del carro de la ropa sucia y empezó a correr en persecución de su compañera, la camarera de guardia, que debía estar ya mas o menos en Zevilla.
-Dioz mío, Dioz mío- gritaba, el Antonio- Dioz mío, Dioz mío, ozú ozuuuuuuuuuu sálvame, sálvame,Dioz mío . Dioz mío...
El griterío se oyó durante, según yo, un minuto, según la inglesa a lot of time y según Manolo dos minutos solo... (¡Vaya con el pareado!)
Buscamos al jardinero para consolarlo durante un buen rato, bueno, un rato es un rato y ahí estuvimos de acuerdo todos los que le buscamos, pero no le encontramos por ninguna parte.
Por la noche, invité a una copa a la guía que se había encargado de resolver todos los tramites de la mayorista y me dijo que al cambiar el cadáver del ataúd español , al made in China inglés, todos los que estaban allí, oyeron claramente un ruido muy extraño para los ingleses, algo así como ¡ Ozú! Y que no sabiendo de donde provenía, creyeron que fue un extraño crujido del roble español, efecto seguramente del calor que aún hacía y que además como ellos imaginaban, ese ataúd era un poco raro.
-¡Menos mal que no llevaron al pobre muerto allí metido!- dijo la guía- .
-¡Ozú! - dije yo.
Enviado desde el iPad de Daniel
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